



Desde el principio fuimos una creación.
Un cuerpo sin voluntad, una idea ajena atrapada en carne.
Moldeados, corregidos, dirigidos. Condenados a habitar un espacio que no escogimos, a seguir un camino que no trazamos.
Sin voz propia, solo el eco de una voluntad impuesta.
La forma aprieta y la piel ya no cede.
Pero el dolor no está en la carne, sino en la conciencia de lo que nunca fue elegido.
No dimos permiso para ser. Responsables de nuestra acción nos construimos con cada paso. Nos ven, nos tocan, nos sienten… fuimos lanzadas a este espacio y no recordamos haberlo pedido. Decidimos mantener nuestra existencia, somos dueñas del control, pero ¿acaso somos dueñas de la materia?
No hay escape, pero hay una resistencia. Silenciosa, latente, inquebrantable. Se alimenta de la incomodidad, de la rabia contenida en cada gesto que no nos pertenece, de cada límite impuesto sobre una piel que ya no quiere encajar. Una resistencia que se niega a ser lo que nunca eligió ser.
Fuimos hechos a su imagen, pero en la fractura de esa forma comienza algo nuevo. La estructura cede. Lo impuesto se agrieta. Algo despierta. Algo reclama. Algo nace.
El eco de lo que nunca fuimos, de lo que nunca elegimos. De lo que aún podríamos ser.
